sábado, setembro 25

Os números na nossa conduta

«Es muy probable que la mejor obra de Víctor Hugo haya sido El arte de ser abuelo, un caudal inagotable de sabiduría e instrucciones precisas para que los abuelos puedan entrar de lleno en el fascinante mundo de los niños. Es la quinta esencia de la capacidad de innovar.

Los abuelos descubren que hay dos maneras de pensar: una que es propia de los artistas y los niños y la otra que es la metodología científica. La primera se mueve impulsada por la imaginación, la intuición, y su manera natural de expresarse es mediante fórmulas innovadoras. En ese tipo de pensamiento no importa en absoluto romper los cánones de la realidad; esta última se puede triturar y poner en su lugar diseños fabulosamente irracionales.

Los abuelos de verdad, después de tantos años de engaños sorteando pequeñeces sórdidas, se dejan embrujar por los universos repletos de sueños de la infancia. Los habían olvidado. No pueden compararse con el mundo ajeno que acaban de dejar atrás.

El pensamiento científico es la única flor en el desierto del pensamiento adulto, pero es extremadamente minoritario entre tanto pensamiento dogmático, heredado de los exorcismos surgidos en torno a la hoguera de los primitivos. Sólo lo salva una condición única y extraordinaria, que lo hace respetable, por una parte, y lo arranca, por otra, de los sueños en los que se desenvuelve el niño. Me refiero, claro está, al hecho de que el pensamiento científico se apoya en los hombros gigantes de los sabios del pasado. Los niños y los artistas, no. No cuentan con la sanción de las grandes mentes del pasado, pero tienen la libertad de inventar otros universos surgidos de la nada o de los genes.

[especialmente para ti, Marta M. vais adorar ler... minha querida]

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